Vida de Don Quijote y Sancho

by Miguel de Unamuno

5/10

(Español primero. . . English below)

Esto fue un libro sumamente difícil de entender, no solo porque lo leí en mi segundo idioma, pero también por los conceptos super-abstractos que Unamuno persigue sin descansa. Es el último de los libros unamuneanos que quería leer, y puedo decir por cierto que admiro al hombre y pensador mucho más que disfruto de sus obras.

Llegué a Unamuno a través de Erich Fromm, quién contó en su librito On Disobedience del famoso episodio entre Unamuno y el general José Millán-Astray en la Universidad de Salamanca el 12 de Octubre, 1936. Para ellos que no sepan, el general lidió un grito falangista en el auditorio, y Unamuno respondió asi:

«Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española, que no sabéis…»

En este punto, el general José Millán-Astray (el cual sentía una profunda enemistad por Unamuno), empezó a gritar: «¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?». Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: «¡Viva la muerte!» (lema de la Legión). Millán habló: «¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!». Se excitó de tal modo hasta el punto que no pudo seguir hablando. Pensando, se cuadró mientras se oían gritos de «¡Viva España!».

Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno, que dijo: «Acabo de oír el necrófilo e insensato grito “¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada (…)».

En ese momento Millán-Astray exclama irritado «¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte!»

Unamuno, sin amedrentarse, continúa: «¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho».

A continuación, con el público asistente encolerizado contra Unamuno y lanzándole todo tipo de insultos, algunos oficiales echaron mano de las pistolas… pero se libró gracias a la intervención de Carmen Polo de Franco, quien agarrándose a su brazo lo acompañó hasta su domicilio.50 Ese mismo día, la corporación municipal se reunió de forma secreta y expulsó a Unamuno.

Me choqueó tan fuerte ese último comentario, y me pareció tan heroic decirlo en ese ambiente, que salí de uno para averiguar todo sobre Unamuno, y para leer sus escritos mas emblemáticos. Y mientras no me han interesado tanto sus libros (por ser bastante ocultos y abstractos), es obvio el genio que los inspiró a todos.

Esto, La Vida de Don Quijote y Sancho, fue lo más difícil por lejos. Fue más bien una elogia, alardeando los bondades del Caballero de la Mancha, y se puso tedioso después de un rato. Primero estaba un poco escéptico sobre esta idea, no solo presente en Unamuno pero también en todos los críticos de Cervantes, que de algún modo logró Cervantes meter esta inspiración divina en su obra maestro. Unamuno lo lleva aún más alla, diciendo que Cervantes ni estaba conciente de la divinidad que estaba creando con sus leyendas de protagonistas, que Cervantes de hecho no los trataba lo suficiente bueno, que los negaba e insultaba. Es una perspectiva bastante ridícula en la superficie, pero si puedes permitir a Unamuno su locurita, utiliza la idea con efecto interesante.

Lo que más me impresionó del libro fue la idea que Unamuno escriba con una actitud igual al héroe con quién está obsesionado. Como el Quijote lee sus libros de caballeros convencido que sean historias verdaderas, tambien Unamuno lee Don Quijote presumiendo que Quijote y Sancho son personas autenticamente vivas. Es un espejo fascinante, porque a través de Unamuno se ve una versión real del proceso ridículo de enloquecimiento que sufrió Don Quijote en la novela.

A parte de esto, me dío el libro algunos buenos conceptos alrededor de Don Quijote. El amor que tiene Unamuno para los dos es sin duda contagioso, y si yo no hubiese leido este libro como compañero de la novela, es muy probable que se habría entendido como nada mas que una triste broma. Pero gracias a Unamuno y su amor (y fe), yo veo la nobleza de Don Quijote y Sancho, y la ofensiva injusticia de sus burladores.
Apart from this, Unamuno’s book gave me some good understandings about the novel as I read it. The love that Unamuno shows for the two protagonists is contagious, and if I hadn’t read this book alongside the novel (see my review), it’s very probably that I would have experienced it as nothing more than a sad, tiresome joke. Thanks to Unamuno, and his faith and love, I can see the nobility in Quixote and Sancho, and the offensive injustice of his mockers.

It still seems extreme to analyze Don Quixote to the degree that Unamuno and many other critics have done. Unamuno’s 3oo-plus page “essay” certainly qualifies as obsession (whether unhealthy or not I can’t say). Nor can I recommend it to anyone who’s not actively studying with the aid of a professor. But I have to admit that despite my struggles and my unabashed relief at finally finishing it, it has illuminated much for me about perhaps the most famous novel of all time.
Todavía me parece extremo analizar al libro hasta este punto (digo lo mismo sobre otras criticas tan serias), y no puedo recomendarlo a ninguna persona que no esté estudiando con un@ profesor(a), pero hay que admitir que me iluminó mucho alrededor de una de las más famosas novelas en la historia del mundo.

******

This was an extremely difficult book to understand, not only because I read it in my second language, but also because of its incredibly abstract concepts and language. It’s the last of Unamuno’s books that I wanted to read, and I can say without doubt that I admire Unamuno the man and thinker much more than I actually enjoy his works.

I got to Unamuno through an otherwise forgettable little book by Erich Fromm called On Disobedience. In it, Fromm recounts a famous confrontation between Unamuno and General José Millán-Astray at the University of Salamanca on October 12, 1936. The General led a Falangist cheer to which Unamuno responded in front of the whole auditorium:

“You are waiting for my words. You know me well, and know I cannot remain silent for long. Sometimes, to remain silent is to lie, since silence can be interpreted as assent. I want to comment on the so-called speech of Professor Maldonado, who is with us here. I will ignore the personal offence to the Basques and Catalonians. I myself, as you know, was born in Bilbao. The Bishop,” Unamuno gestured to the Archbishop of Salamanca, “whether you like it or not, is Catalan, born in Barcelona. But now I have heard this insensible and necrophilous oath, “¡Viva la Muerte!”, and I, having spent my life writing paradoxes that have provoked the ire of those who do not understand what I have written, and being an expert in this matter, find this ridiculous paradox repellent. General Millán-Astray is a cripple. There is no need for us to say this with whispered tones. He is war cripple. So was Cervantes. But unfortunately, Spain today has too many cripples. And, if God does not help us, soon it will have very many more. It torments me to think that General Millán-Astray could dictate the norms of the psychology of the masses. A cripple, who lacks the spiritual greatness of Cervantes, hopes to find relief by adding to the number of cripples around him.”

Millán-Astray responded: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la Muerte!” (“Death to intelligence! Long live death!”), provoking applause from the Falangists.

Unamuno continued: “This is the temple of intelligence, and I am its high priest. You are profaning its sacred domain. You will win, because you have enough brute force. But you will not convince. In order to convince it is necessary to persuade, and to persuade you will need something that you lack: reason and right in the struggle. I see it is useless to ask you to think of Spain. I have spoken.”

The whole exchange, but especially his last words, impressed me so much with their heroism that I had to go and learn everything I could about the man who uttered them, and read his best-known books. And while his books haven’t interested me greatly (being as erudite and abstract as they are), the genius behind them is unmistakable.

This one, The Life of Don Quixote & Sancho was the most difficult by far. It was more of an elegy, singing the praises of the Knight of La Mancha, and it got old. I began skeptical of this idea, not only by Unamuno but by many other critics of Cervantes, that Cervantes somehow tapped into this divine fountain of insight in order to produce this work. Unamuno takes it even further, proposing that Cervantes wasn’t even conscious of the divine natures of his creations, that he actually didn’t treat them with enough respect or devotion, that he insulted and neglected them in his ignorance. The idea is pretty ridiculous on its face, but if you grant Unamuno his little eccentricity, he produces some interesting results.

What most impressed me about the book was seeing how Unamuno writes with the same exact attitude of the hero about whom he’s writing. Just as Quixote reads books of chivalry convinced that they are true stories, so does Unamuno read Don Quixote with the premise that Quixote and Sancho are real people. It’s a fascinating mirror because through Unamuno you see the real-life version of the ridiculous process of going crazy that Quixote suffers in the book.

Apart from this, Unamuno’s book gave me some good understandings about the novel as I read it. The love that Unamuno shows for the two protagonists is contagious, and if I hadn’t read this book alongside the novel (see my review), it’s very probably that I would have experienced it as nothing more than a sad, tiresome joke. Thanks to Unamuno, and his faith and love, I can see the nobility in Quixote and Sancho, and the offensive injustice of his mockers.

It still seems extreme to analyze Don Quixote to the degree that Unamuno and many other critics have done. Unamuno’s 3oo-plus page “essay” certainly qualifies as obsession (whether unhealthy or not I can’t say). Nor can I recommend it to anyone who’s not actively studying with the aid of a professor. But I have to admit that despite my struggles and my unabashed relief at finally finishing it, it has illuminated much for me about perhaps the most famous novel of all time.

 

For more info. . .

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